
Una mariposa recorría el campo cargando toda su vanidad entre las alas multicolores.
El aleteo lúdico hacía vibrar el aire recortado por el vuelo y ella se admiraba del brilo, de la luz de su propia sombra, transparente en la inmensidad de los sembrados.
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Una ráfaga traicionera de viento cambió el curso de su suerte.
Cayó en el charco en fracción de segundos y en fraccionada experiencia, cambió radicalmente también, su perspectiva de la vida.
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Las alas atrapadas en el imán acuático, con la vanidad entumecida y las patas mirando al sol. La mariposa acarició la muerte y tomó contacto con la fragilidad.
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Una brisa celeste la llevó otra vez a la orilla y la dejó varada en el cieno.
La misma fuerza que la hizo volar primero, que la arrojó despiadada sobre la guillotina plateada y líquida, ahora le daba el ímpetu para moverse y recobrar la posición.
Las alas pesaban una tonelada. El alma pesaba dos.
Y en el silencio de la recuperación física, la mariposa comenzó a sanar también el espejo interior, donde tantas veces vio la imagen distorsionada de quien cree, que porque en algún momento aprendió a volar, queda siempre por sobre la cabeza de los demás.
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Texto de Micro-latencia - Imagen de
Carlos Barriuso