Hay palabras que son un cofre de tesoros, palabras que en su sola sonoridad describen la poesía de sus significados. Hay palabras que por el simple hecho de pronunciarlas, abren la cerradura que guardaba su sentido. Y también hay palabras que nombramos despreocupadamente, apurados, tropezando las letras unas con otras hasta olvidar, de tanto decirlas, a qué significados misteriosos pueden remitirnos.
Lo maravilloso sucede cuando uno descubre que una de esas palabras dichas-al-pasar es una de esas criaturas maravillosas del lenguaje. Eso nos pasó a nosotros hace tiempo con la palabra 'entusiasmado'. Pasó de ser una-simple-palabra que describe un estado de ánimo, a ser una lámpara refulgente y vital que permite orientarse en el camino.
Entusiasmado viene de la palabra griega "entheus" que significa 'con un dios adentro' o 'llenarse con lo divino'. En un momento en el que nos hemos ido acostumbrado a llenar con adrenalina y urgencia el espacio que debiera llenar el entusiasmo, conocer el significado inicial y esencial de la palabra, hizo explotar una dimensión existencial en una experiencia que habíamos sentido muchas veces antes, pero sin el valor que adquiría de pronto. 'Entusiasmo' empezó a significar algo diferente, o en realidad lo mismo de antes, pero más y muchísimo mejor.
La vivencia de estar entusiasmado se volvió todavía más plena, más profunda y también algo que queríamos encontrar mucho más seguido en nuestras actividades cotidianas. Queríamos andar con un dios adentro.
Y vaya que resulta difícil cuando a cada rato se nos invita a reemplazar esta sensación creativa con una "bebida energizante", comprada en un supermercado y que nos "ayuda a seguir dándole". Ya no vamos al trabajo, sino a la pega. Parece que no trabajamos porque nos gusta, nos desafía, nos exige, nos potencia, sino por la recompensa al final del horizonte más cercano. No celebramos con los amigos sino que carreteamos para anestesiarnos y que no moleste tanto... porque al final del día, lo que realmente incomoda, lo que nos pesa y muchas veces nos frustra, es haber perdido al dios que tenemos que llevar dentro.
Se acaba el mes y se acaba el año, se vienen días más pesados, cierres de procesos, evaluaciones y balances, renovación de propósitos y metas. Cansancio, sobre todo cansancio y estrés, por eso queremos invitarnos a encontrar también, en medio del ruido cotidiano, y justamente por ese ruido, la oportunidad de renovar nuestro entusiasmo.
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Referencia de la imagen

Hola ...
Hola, es la palabra que nos saca del aislamiento en que estamos cuando no tenemos compañía alguna y sólo resuena en nuestra cabeza nuestra propia voz interna. Una palabra que repetimos muchas veces durante el día, y que sin embargo encierra un misterioso poder: abrirnos a diferentes posibilidades.
Hola, es una forma de comenzar a construir una relación con el otro.
Si seguimos simplemente las buenas costumbres, recibiremos un 'hola' de vuelta y quizás un '¿Como estás?' seguido de un automático 'bien y tú' y finalizando con un 'bien también'.
Todas esta secuencia de intercambios comunicativos, está ya prevista. Es una película que vivimos innumerables veces y que la usamos para mantener mínimamente nuestras relaciones con los demás, aunque no siempre contenga la verdad acerca de lo que nos pasa.
Si es que el saludo inicial no queda sólo en eso, pasamos tal vez a compartir un café, o nos juntamos para picotear algo o mientras almorzamos en el trabajo nos 'relajamos' intercambiando anécdotas y recuerdos, chistes e historias, sintiendo así que nuestro tiempo es más entretenido e interesante y entonces pasamos mucho tiempo (de nuestro tiempo) haciéndonos 'cariño' con conversaciones graciosas y livianas. Porque claramente estamos cansados, exigidos, estresados, inmersos en un mundo que nos conmina todo el tiempo a estar en alguna actividad.
Después del primer 'hola' de la mañana que le damos a nuestros padres, pareja, hermanos, compañeros de trabajo nos sumimos en una vorágine de cosas por hacer en las que no nos detenemos hasta el último 'buenas noches' del día. Trabajar, estudiar, jardinear, planear un viaje, cocinar o lo que sea que tengamos entre manos. Esta es la manera en que nos parece mejor pasar nuestro tiempo, o al menos nos parece que es la manera más 'productiva' de organizarlo. Si nos fijamos, la mayoría de nuestros días los pasamos en situaciones como estas y nuestras conversaciones se reducen, por decirlo así, a los temas que esas actividades nos plantean o nos permiten.
Hablamos acerca del trabajo, de la rutina, el cansancio, el jefe, las tareas. Nos coordinamos para hacer un trabajo, nos desvelamos para terminarlo, nos comunicamos por correo, teléfono y chat para llegar a tiempo y después nos preocupa la nota, la asistencia, la asignatura difícil. Decidimos viajar para descansar, para distraernos, pero nos preocupa el lugar, la plata, las actividades que realizaremos, la maleta, la compañía, la cámara de fotos, los regalos que llevaremos o traeremos, las cosas que quedan acá y que no podremos controlar. Difícilmente nos queda tiempo para tomar conciencia sobre cómo estamos o cómo está, sincera y profundamente, el que tenemos al lado.
'Hola' también y de manera más intensa, puede conectarnos con situaciones desagradables o directamente difíciles, recibir una broma pesada, un sarcasmo, descubrir un engaño, participar en un juego de seducción o un conflicto casi sin darnos cuenta, que nos ignoren, que nos marginen. A diferencia de las posibilidades anteriores, aquí nos sentimos más presentes, más tocados, la vida surge con más fuerza e intensidad, aún cuando no siempre sea algo agradable.
Tenemos la creencia de que el tiempo es algo que está fuera nuestro, como un péndulo impersonal que rige nuestras vidas y sobre el que no tenemos control alguno. Pero eso no es realmente así, cada uno de nosotros toma la decisión, más o menos libre, de usar su tiempo de la manera que cree correcta, y entonces, con todo el tiempo invertido en estas formas de relacionarnos ¿cuándo tenemos tiempo para la intimidad? Y no nos referimos exclusivamente a la intimidad de pareja, muy por el contrario, nos referimos a esta intimidad en la que germinan las relaciones más significativas, esas en las que hay implícito un pacto de no agresión y en las que jamás nos sentimos invalidados. Relaciones en las que la generosidad permite una mutua comprensión y retroalimentación.
No es que uno pueda ser capaz de generar interacciones así con todo el mundo que conoce, pero podríamos preguntarnos si en algún momento del día, con al menos una persona encontramos un espacio así. A veces
sucede en una comida, después de varios tragos, cuando dejamos caer los mecanismos defensivos o nos cansamos de reírnos del chiste habitual. Otras veces sucede cuando nos enfrentamos a alguna cosa dramática, inesperada, violenta, que nos remueve la conciencia y nos quiebra la rutina que hemos asumido como la vida. En el mejor de los casos tenemos a alguien, como la historia del zorro y el Principito de Saint Exupéry, con quien nos necesitamos mutuamente, como espacio casi de meditación.
Escuchar y ser escuchados en aquello que verdaderamente nos importa, sin pretensiones, sin agresiones, sin apuros, sin juicios, un espacio para dar y recibir libremente, donde nos sentimos plenamente presentes, concentrados, conectados, donde percibimos que simplemente nos hemos encontrado con otro ser humano.
Abrimos esta reflexión porque esta semana hemos estado muy tristes producto de dos muertes que llegaron juntas, sorpresivas y terribles. Eso nos llevó a pensar en las relaciones que teníamos con esas personas que veíamos todas las semanas, por muchas semanas, personas que tuvimos muy cerca y no alcanzamos a conocer, personas con las que compartimos la vida, la rutina, las infinitas actividades cotidianas y que sin embargo apenas si llegamos a rozar en el incesante tráfago de la 'vida moderna', tan rápida y tan ciega a los espacios de comunicación verdadera.
Nos gustaría pensar que no nos va a pasar de nuevo, que la próxima vez vamos a estar más atentos, más dispuestos a saber qué es lo que realmente le está pasando a quien tenemos enfrente. Pero como todo acto comunicativo, no es algo que podemos hacer solos, el otro también tiene que querer.
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P.S. Agradecemos a Eric Berne, su Análisis Transaccional y su idea de Estructuración del Tiempo, como inspiración de esta reflexión y como guía habitual de nuestro camino.